| Una de las novelas más influyentes de la ciencia ficción clásica igue planteando preguntas tan incómodas como fascinantes… |


Reseña de EL PUEBLO DE LOS MALDITOS de John Wyndham y publicada por RBA Libros (2026) | Ep. 13×044 | «Un tranquilo pueblo inglés se convierte en el escenario de la peligrosa amenaza para la humanidad con el rostro más inocente imaginable.»
Cuando advertí que el sello RBA anunciaba la publicación de la novela EL PUEBLO DE LOS MALDITOS de John Wyndham me dije a mí mismo que no podía dejar la ocasión de leerla. Y aunque no es lo que esperaba inicialmente, me he sentido plenamente satisfecho.
Antes de iniciar la reseña propiamente dicha, quiero empezar hablando que EL PUEBLO DE LOS MALDITOS no es el título original de la obra ni su traducción literal. La obra original se denomina THE MIDWICH CUCKOOS, que se podría traducir al español como LOS CUCLILLOS DE MIDWICH o LOS CUCOS DE MIDWICH, título con el que se han publicado sus anteriores ediciones en español. Los cucos o cuclillos son una especie de pájaro que se caracteriza fundamentalmente porque dentro de sus comportamientos reproductivos, las hembras ponen sus huevos en los nidos de otras aves más pequeñas, dejando que sean estas «madres adoptivas» las que alimenten y críen a sus polluelos, algo a lo que asociaremos en la trama de esta novela. La denominación de EL PUEBLO DE LOS MALDITOS corresponde a sus dos adaptaciones cinematográficas, las de 1960 de Wolf Rilla y la de 1995 de John Carpenter.
Todo comienza cuando un pequeño y apacible pueblo inglés queda aislado durante un misterioso suceso que deja inconscientes a todos sus habitantes durante varias horas. Nadie sabe qué ha ocurrido ni cómo explicarlo, pero, unas semanas después, la auténtica magnitud del incidente empieza a revelarse. Todas las mujeres en edad fértil se encuentran embarazadas. A partir de ese momento, la rutina de Midwich se transforma en una inquietante sucesión de preguntas para las que nadie parece tener respuestas y el autor construye una historia que mezcla misterio, terror y reflexión con una naturalidad sorprendente.
Lo primero que llama la atención de esta novela es lo bien que madurar una idea que, sobre el papel, podría parecer muy ligada a su época. Publicada en 1957, conserva ese aire tan británico de posguerra, con personajes con altas dosis de clase y educación hasta en las situaciones más absurdas, autoridades que inspiran una confianza casi automática y un pequeño pueblo donde todo el mundo parece conocerse demasiado bien. Y esa aparente tranquilidad de Midwich convierte cada anomalía en algo todavía más perturbador.
La sensación general de la lectura es que durante buena parte de la novela parece que no está ocurriendo nada especialmente terrible. Todo avanza con calma, entre conversaciones, reuniones vecinales y razonamientos aparentemente serenos. Pero debajo de esa superficie impecablemente ordenada va creciendo una sensación de incomodidad que no deja de intensificarse. Es un ejemplo perfecto de cómo el verdadero suspense no depende de la velocidad de los acontecimientos, sino de la forma en que el autor administra la información.
También resulta admirable el equilibrio entre ciencia ficción y terror. Aunque la premisa pertenece claramente al primer género, la sensación que deja es mucho más cercana al horror psicológico.
Uno de los aspectos más interesantes es la enorme cantidad de cuestiones éticas que plantea. Más allá del misterio inicial, la novela acaba preguntándose qué significa realmente ser humano, hasta dónde puede llegar el instinto de supervivencia o cuándo una sociedad considera que alguien deja de pertenecer al grupo. Son preguntas incómodas que el autor nunca responde de manera sencilla. Prefiere que sean los propios personajes (y, sobre todo, el lector) quienes se enfrenten a ellas.
En ese sentido, el personaje de Gordon Zellaby actúa casi como la voz filosófica del relato. Sus largas conversaciones sirven para explorar teorías biológicas, sociales y morales que podrían haber ralentizado la historia si hubieran caído en manos de otro escritor. Sin embargo, aquí suelen integrarse con bastante naturalidad, aunque es cierto que en algunos momentos sus reflexiones pueden resultar algo extensas.
Porque la premisa inicial da a vislumbrar que pudiéramos estar ante una historia palomitera donde vas a presenciar como un pequeño pueblo británico estalla por los aires tras los sucesos que podemos ir viendo y del que no queremos desvelar, pero la historia muestra dos tramos muy marcados. En el primero estamos ante la problemática sistemática de los embarazos no deseados en una sociedad fuertemente marcada por la estricta moralidad de una era ya pasada. En el segundo se establece como norma fundamental de la historia el debate que sostienen sus protagonistas sobre los métodos de actuación y como decíamos anteriormente con Zellaby, toda una serie de teorías de lo que puede estar pasando y como resolverlo. Puede que un lector que espere una trama repleta de acción no encuentre no lo que busque y es absolutamente cierto, pero esa generación de dudas, debates y reflexiones muestra una de los mejores aspectos de las novelas de especulación de mediados del siglo XX.
La novela también funciona como un interesante retrato de la sociedad británica de mediados del siglo XX. Hoy resulta imposible no fijarse en algunos elementos claramente desfasados como el papel secundario reservado a muchas mujeres, la fuerte división entre clases sociales o la enorme autoridad concedida a determinadas figuras masculinas. Son aspectos que reflejan la mentalidad de su tiempo y que pueden generar cierta distancia con el lector contemporáneo. Aun así, también aportan una lectura histórica muy enriquecedora, porque permiten observar cómo determinadas convenciones sociales condicionan la manera en que los personajes interpretan lo que está ocurriendo.
Curiosamente, incluso esos elementos terminan reforzando uno de los grandes temas del libro, y es la de la tendencia humana a aceptar aquello que no comprende siempre que la alternativa resulte demasiado aterradora. Los habitantes de Midwich no reaccionan con histeria permanente, sino que intentan mantener la normalidad, encontrar explicaciones razonables y seguir adelante. Esa actitud tan británica, casi obstinada, aporta incluso momentos de humor inesperado que alivian la tensión sin romper la atmósfera.
Otro mérito indiscutible es la economía narrativa. El autor cuenta muchísimo en relativamente pocas páginas. No dedica largos capítulos a describir escenarios ni a profundizar exhaustivamente en todos sus personajes, pero consigue que la historia avance con una precisión admirable. Cada escena aporta algo al conjunto y la sensación es la de estar leyendo una novela muy medida, donde apenas sobra nada.
Es verdad que algunos conceptos, revolucionarios en los años cincuenta, hoy pueden resultar familiares para cualquier aficionado a la ciencia ficción. La cultura popular ha reutilizado muchas de las ideas presentes aquí durante décadas. Sin embargo, conocer obras posteriores no resta valor al original, sino que más bien permite apreciar hasta qué punto este libro abrió camino para numerosas historias que vendrían después.
Además, la verdadera fuerza de EL PUEBLO DE LOS MALDITOS nunca ha residido únicamente en su premisa. Lo que sigue funcionando décadas después es su capacidad para convertir una situación extraordinaria en un estudio profundamente humano sobre el miedo, la convivencia, la responsabilidad y los límites de la civilización. Bajo su apariencia de relato tranquilo se esconde una historia sorprendentemente dura, que obliga a cuestionarse decisiones para las que probablemente nadie estaría preparado.
En definitiva, John Wyndham demuestra que no hace falta recurrir a grandes efectos para escribir una novela inolvidable. Con una prosa elegante, un ritmo pausado y una premisa extraordinariamente sugerente, consigue construir una obra que entretiene tanto como invita a pensar. Puede que algunos detalles delaten inevitablemente la época en que fue escrita, pero sus preguntas siguen siendo igual de inquietantes hoy que hace casi setenta años. Y eso es, probablemente, la mejor definición posible de un clásico.
Muchas gracias al sello RBA Libros por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta novela.
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