Reseña de LAS BRUJAS DE VENECIA: LA ELEGIDA de Sébastien Perez y Marco Mazzoni y publicada por Edelvives (2026) | «Belleza y horror caminan de la mano en una historia inquietante sobre memoria, herencia y sacrificio.»

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 | Cuando el pasado se niega a desaparecer, hasta la ciudad más hermosa puede convertirse en un laberinto lleno de fantasmas… | 

Reseña de LAS BRUJAS DE VENECIA: LA ELEGIDA de Sébastien Perez y Marco Mazzoni y publicada por Edelvives (2026) | «Belleza y horror caminan de la mano en una historia inquietante sobre memoria, herencia y sacrificio.»

Hay ciudades que piden a gritos una historia de fantasmas. Dos veces he podido estar en la ciudad de Venecia, y sin dudas, con sus canales, sus palacios, sus callejones y esa sensación permanente de que el agua podría esconder cualquier cosa, en una de ella . En LAS BRUJAS DE VENECIA: LA ELEGIDA, Sébastien Perez y Marco Mazzoni aprovechan precisamente esa cualidad para construir una obra que se mueve con absoluta comodidad entre la novela gráfica y la novela ilustrada para adultos.

Y no estamos ante una simple continuación de la historia anterior. Es una obra más oscura, compleja y cargada de capas que utiliza la ficción fantástica para hablar de cuestiones bastante terrenales como el poder, la herencia familiar, el miedo, la memoria, el sacrificio y esa incómoda pregunta de cuánto de nuestro destino viene realmente decidido de antemano.

La historia nos lleva hasta una Venecia muy diferente de la que aparece en las postales. La ciudad está atravesada por una extraña enfermedad que afecta a los niños que no son inmunes. En medio de este escenario encontramos a Carolina, una joven cuya vida está condicionada por una tragedia familiar relacionada con la desaparición de la pequeña Emilia. El pasado, como suele ocurrir en este tipo de historias, se resiste a quedarse donde debería. Y cuanto más intenta Carolina comprender lo sucedido, más evidente resulta que la historia de su familia todavía tiene asuntos pendientes con ella.

El principal acierto de la obra es su particular manera en que texto e ilustraciones construyen un mismo mundo. Las imágenes de Marco Mazzoni además de funcionar como acompañante de la narración, sino que incluso añaden más información, abren nuevas interpretaciones e incluso introducen contradicciones y matices que el texto deja deliberadamente en segundo plano. Los rostros pálidos, las miradas inquietantes y esas mariposas que aparecen sobre los cuerpos de los personajes convierten cada página en una pequeña puerta hacia otra realidad. Una realidad hermosa, sí, pero también profundamente perturbadora.

Y esa sensación se extiende a la propia Venecia. Los edificios, escaleras, pasillos y palacios de la historia no están ahí simplemente para proporcionar un escenario gótico. La arquitectura parece tener voluntad propia. La ciudad se comporta como un organismo que observa a quienes la recorren, casi como si sus paredes conocieran secretos que los personajes preferirían mantener enterrados. La sensación de vigilancia aparece incluso de manera explícita en determinados momentos. Hay una inquietud constante alrededor de la idea de que alguien está mirando, siguiendo o manipulando a los protagonistas. Las brujas participan de esa amenaza, pero no son las únicas responsables porque la propia ciudad parece formar parte del juego.

Quizá uno de los aspectos más interesantes de este título sea su manera de representar la infancia. Aquí no encontramos ese lugar seguro y luminoso al que tantas historias recurren para proteger a sus personajes más jóvenes. Todo lo contrario. La infancia funciona como un umbral.

Hay algo especialmente significativo en una de las imágenes relacionadas con Simone, protagonista del volumen anterior, contemplando una noria a través de una abertura en el bosque. La escena conserva algo de la fascinación infantil ante la maravilla, pero esa belleza viene acompañada de una sensación de amenaza. Como si incluso aquello que promete diversión pudiera esconder algo siniestro al otro lado. Ese contraste recorre todo el libro: lo maravilloso y lo inquietante conviven sin necesidad de que uno anule al otro.

La transformación también desempeña un papel fundamental. Los cuerpos cambian, las identidades parecen desplazarse y los personajes se mezclan visualmente con elementos naturales como ramas o mariposas. Las ilustraciones convierten esas metamorfosis en algo tangible, casi físico. Carolina se encuentra precisamente ante esa disyuntiva. Su historia familiar parece haber trazado un camino para ella, pero todavía tiene que decidir qué hacer con esa herencia. ¿Aceptar lo que parece escrito o intentar romperlo?

Las brujas de esta historia tampoco encajan cómodamente en la categoría de villanas convencionales. El poder que manejan está relacionado con el sufrimiento, que aparece como una especie de combustible capaz de alimentar sus capacidades. La idea tiene raíces reconocibles en el folclore, pero los autores la presentan desde una perspectiva más simbólica que puramente terrorífica. Aquí no encontramos simplemente una lucha entre buenos y malos. Hay un equilibrio deformado entre vida y muerte, entre aquello que se recibe como un don y aquello que debe pagarse mediante un sacrificio.

Y es precisamente ahí donde la historia introduce una de sus ideas más incómodas como la relación entre cuidado y depredación. Las relaciones familiares, entre madres e hijas, hermanas, adultos y niños, deberían ser espacios de protección. Sin embargo, en este universo esa lógica se encuentra completamente alterada. Quienes deberían cuidar pueden convertirse también en quienes hacen daño. Es una inversión especialmente eficaz porque toca uno de los nervios centrales de la historia: aquello que heredamos de quienes nos precedieron no siempre es un regalo.

La enfermedad que afecta a los niños, la búsqueda de un remedio y la necesidad de encontrar el manuscrito de Emilia proporcionan a la historia un motor narrativo muy concreto. Hay una amenaza y existe la posibilidad de una solución. Pero el camino hacia ella dista mucho de ser sencillo. Los fantasmas de LA ELEGIDA no funcionan únicamente como criaturas destinadas a provocar miedo. Son también representaciones de aquello que no ha sido resuelto. La memoria, especialmente cuando está relacionada con el dolor o la injusticia, se convierte en una presencia que se niega a desaparecer. Por eso la historia funciona mejor cuando deja que sus elementos sobrenaturales convivan con los conflictos humanos. El miedo procede tanto de lo que se esconde en la oscuridad como de aquello que los personajes llevan consigo.

Incluso los pequeños detalles contribuyen a crear esa sensación. La descripción del frío de un palacio y el sonido de los pasos de los jóvenes sobre el suelo son ejemplos de una escritura que apuesta por las percepciones sensoriales para construir tensión. No necesita que algo salte de repente desde detrás de una puerta: basta con que el espacio deje de parecer completamente seguro.

Pero la verdadera fuerza de esta obra aparece cuando se entiende que sus dos autores no están trabajando en compartimentos separados. El texto de Sébastien Perez es denso, sugerente y deliberadamente abierto en algunos momentos. Las ilustraciones de Marco Mazzoni recogen esas zonas de sombra y las convierten en imágenes capaces de ampliar lo que acabamos de leer. Un primer plano puede transmitir una emoción que ocuparía páginas enteras si tuviera que explicarse mediante diálogos. Una vegetación de apariencia carnívora puede introducir una amenaza que la narración apenas necesita verbalizar. Y una imagen aparentemente sencilla puede contener una historia familiar completa.

Entre las estampas más poderosas se encuentra la de una madre y un niño rodeados de polillas. No hace falta que los personajes expliquen nada para que la escena transmita una enorme carga de dolor y una sensación de herencia, como si varias generaciones de sufrimiento hubieran quedado concentradas en ese instante.

Y el aspecto visual es mucho más que una cuestión estética. Su Venecia no pretende ser reconocible como destino turístico, sino convertirse en el reflejo físico de una herida colectiva. Es una ciudad laberíntica, hermosa y amenazadora al mismo tiempo. Un lugar donde cada palacio puede esconder un secreto y donde la belleza nunca termina de resultar completamente tranquilizadora. El resultado es una especie de cuento oscuro para lectores que no necesitan que las historias fantásticas les expliquen todo masticadito. Perez y Mazzoni dejan espacio para la interpretación y construyen una obra que puede inquietar, fascinar y emocionar casi en la misma página.

LAS BRUJAS DE VENECIA: LA ELEGIDA habla de brujas y muertos, pero también de algo más cercano como el peso de la memoria, las heridas familiares, de aquello que heredamos sin haberlo pedido y de la posibilidad, siempre difícil, de decidir qué hacemos con ello. Una continuación que amplía el universo de Las brujas de Venecia y demuestra que la fantasía oscura ilustrada puede ser mucho más que una sucesión de criaturas tenebrosas. Aquí el verdadero monstruo puede encontrarse en la memoria, en el poder y en los vínculos que, por mucho que duelan, seguimos llevando con nosotros.

Muchas gracias al sello Edelvives por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta novela ilustrada.

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