| Una guardiana con forma de sapo, un caballero demasiado amable y una princesa que quizá sea mejor no despertar. |


Reseña de FORTALEZA DE ESPINAS de T. Kingfisher y publicada por Océano Gran Travesía (2025) | «Un delicioso retelling que aborda la cuestión de si la princesa de LA BELLA DURMIENTE fuera quien habría que mantener dormida para proteger a los que la rodean.»
¿Qué ocurriría si la princesa encerrada en la torre no fuera precisamente la víctima y quien lleva siglos protegiendo el castillo fuera, en realidad, una criatura mitad humana y mitad hada con aspecto de sapo? Así podría definirse la premisa de FORTALEZA DE ESPINAS, la particular vuelta de tuerca que T. Kingfisher propone sobre LA BELLA DURMIENTE.
La protagonista es Sapita, una joven arrebatada a su familia humana cuando era apenas un bebé y criada entre las criaturas feéricas. Allí crece rodeada de una naturaleza mágica y de una familia tan extraña como cariñosa, hasta que llega el momento de regresar al mundo humano para cumplir la misión, aparentemente sencilla, de ofrecer una bendición a una recién nacida. Naturalmente, las cosas no salen como estaba previsto. Porque si todo saliera bien en un cuento de hadas, probablemente no habría cuento.
A partir de ese error, Sapita queda vinculada a una torre rodeada por una enorme barrera de espinos. Durante siglos se convierte en su guardiana, asegurándose de que aquello que duerme en su interior permanezca allí. El problema aparece cuando Halim, un caballero que ha oído hablar de la misteriosa torre, llega hasta la fortaleza. Su intención es la de descubrir qué hay detrás de la leyenda. Para Sapita, en cambio, la visita supone una amenaza para una misión a la que ha dedicado prácticamente toda su existencia.
Y aquí comienza el cuento que la autora realmente ofrece y que sabe perfectamente que conocemos LA BELLA DURMIENTE, pero que tiene muy claro que no hemos visto esta versión.
Uno de los mayores encantos de FORTALEZA DE ESPINAS y no es el único, está precisamente en su capacidad para coger un relato archiconocido, darle la vuelta y conseguir que vuelva a parecer nuevo. Kingfisher no se limita a cambiar un par de piezas del tablero, sino que modifica la perspectiva completa. La princesa deja de ocupar el centro de la historia y el supuesto monstruo que custodia su prisión se convierte en el personaje al que más ganas tenemos de acompañar.
Y Sapita es, sencillamente, maravillosa. Es amable, torpe, entregada y bastante más insegura de lo que merece. Ha pasado siglos cumpliendo con su obligación y cargando con una culpa que parece haberse convertido en parte de su identidad. Lo interesante es que Kingfisher no convierte esa bondad en una virtud edulcorada. Sapita también está cansada, tiene miedo, se siente sola y, sobre todo, ha llegado a creer que su única función consiste en hacer lo que se espera de ella. Su viaje emocional tiene mucho que ver con descubrir que quizá puede existir algo más allá del deber y la culpa.
Y ahí entra Halim, uno de esos personajes que parecen diseñados para desmontar de un plumazo el tópico del caballero perfecto. No es el héroe guapísimo, musculoso y reluciente que aparece montado a caballo para solucionar el cuento en cinco minutos. Es curioso, educado, algo torpe y tremendamente considerado. Su relación con Sapita funciona especialmente bien porque no nace de una dinámica de rescate convencional, sino de la conversación, la curiosidad y el descubrimiento mutuo. Hay ternura, humor y una conexión que se construye con bastante naturalidad.
La relación entre ambos también permite que la novela explore algunas de sus ideas más interesantes: la responsabilidad, el sacrificio, la necesidad de pedir perdón y, especialmente, la diferencia entre hacer lo correcto y limitarse a obedecer. Sapita lleva demasiado tiempo pensando que ambas cosas son exactamente lo mismo.
La cuestión de los muros funciona además como una de las imágenes más potentes del relato. Está el muro físico de la fortaleza, la barrera de espinas, la separación entre el mundo humano y el feérico y, por supuesto, el muro emocional que Sapita ha levantado alrededor de sí misma. FORTALEZA DE ESPINAS habla de personajes atrapados, pero también de lo difícil que resulta abandonar una prisión cuando llevas tanto tiempo convencido de que mereces estar dentro.
Y todo esto llega envuelto en una mezcla muy marca de la casa que nos ofrece siempre la autora, como son la ternura, el humor y la oscuridad. Porque este no es un cuento de hadas blandito. Hay elementos inquietantes, criaturas desagradables, violencia y momentos francamente macabros. Kingfisher consigue, sin embargo, que convivan con escenas cálidas y personajes capaces de despertar una sonrisa. Es una combinación peculiar, pero funciona, y puedes estar disfrutando de una escena adorable y, pocas páginas después, recordar que este cuento tiene dientes.
También destaca la forma en que la autora juega con la idea tradicional de la belleza. En un relato tan asociado a una princesa hermosa y a un príncipe destinado a despertarla, Kingfisher pone el foco en alguien que no encaja en esos cánones y demuestra que la verdadera belleza de Sapita está en lo que hace, en cómo trata a los demás y en la capacidad que conserva para ser compasiva después de haber sufrido tanto.
Quizá el único inconveniente señalado por las distintas opiniones sea precisamente su condición de novela corta. FORTALEZA DE ESPINAS tiene apenas la extensión suficiente para contar su historia con ese aire de cuento que busca, pero deja la sensación de que algunos personajes, relaciones y rincones de su mundo podrían haber dado muchísimo más de sí. No porque la historia quede incompleta, ya que su desenlace resulta satisfactorio, sino porque uno termina queriendo quedarse un poquito más.
FORTALEZA DE ESPINAS es una reinterpretación ingeniosa, extraña, melancólica y tremendamente entrañable de LA BELLA DURMIENTE. Una historia que sustituye los tópicos de princesas indefensas y caballeros salvadores por una guardiana sapo con demasiado sentido del deber, un caballero encantadoramente mediocre y una buena dosis de magia, humor y oscuridad.
Y cuando llegas al final, quizá descubras que el verdadero problema no es que la historia haya terminado. Es que Sapita te ha caído tan bien que unas cuantas páginas más no habrían estado nada mal.
Muchas gracias al sello Océano Gran Travesía por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta novela.
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