| El autor convierte la miseria humana en un mundo asfixiante en literatura de la buena gracias a una narración que juega contigo mientras te hunde cada vez más… |


Reseña de LA POLILLA EN LA CASA DEL HUMO de Guillem López y publicada por Ediciones El Transbordador (2026) | «Un descenso a un pozo donde la humanidad se pudre entre engranajes, violencia y ambición…»
Uno sabe que hay lecturas de las que uno debería mantenerse alejado, pero que, por alguna poderosa razón, despiertan una curiosidad irresistible. El Pozo, escenario de la novela corta LA POLILLA EN LA CASA DEL HUMO, es uno de ellos. Se trata de una inmensa red de túneles y galerías subterráneas donde la humanidad parece haber renunciado a cualquier aspiración que no sea seguir excavando, sobrevivir un día más y evitar que alguien te arrebate lo poco que conservas. Allí vive Veintiuno, un adolescente que contempla con escaso entusiasmo la llegada de la edad adulta, una etapa marcada por la sustitución de partes del cuerpo por componentes mecánicos. Sin embargo, cuando encuentra la oportunidad de mejorar su miserable existencia, decide que ha llegado el momento de dejar de ser una víctima y empezar a jugar sus propias cartas. El problema es que, en una sociedad construida sobre la violencia, la corrupción y el abuso, ascender unos cuantos peldaños exige estar dispuesto a pisotear a más de uno. Y Veintiuno, desde luego, no es de los que se manchan las manos precisamente por accidente.
No es mi primera novela de su autor Guillem López, ya que había abordado LAGO NEGRO DE TUS OJOS allá por 2019, pero su lectura, aunque también oscura y asfixiante en su ambientación, para nada se acerca a la de esta obra. Por cierto, puedes leer la reseña de LAGO NEGRO DE TUS OJOS haciendo click aquí.
Con LA POLILLA EN LA CASA DEL HUMO, Guillem López nos invita a realizar una excursión por los rincones más desagradables de la condición humana. Una visita guiada al infierno que no incluye segundos para poder respirar aire fresco. Ha sido publicada en los últimos días por el sello Ediciones El Transbordador, tras haber quedado ya liberados sus derechos de Aristas Martínez y además recordemos que fue la obra ganadora del premio Ignotus a la mejor novela en 2017.
Esta obra demuestra que la ciencia ficción distópica todavía puede sorprender cuando alguien decide utilizarla para hurgar sin contemplaciones en nuestras miserias. Y el autor lo pervierte aquí sin oposición. Lo primero que llama la atención es el mundo que construye. El Pozo no es simplemente un escenario lúgubre donde colocar a unos cuantos desgraciados para que sufran durante doscientas páginas. Es una sociedad completa, con sus jerarquías, sus instituciones, sus creencias y sus mecanismos de explotación. Los trabajadores excavan hasta reventar, los sacerdotes del Dios Mecánico justifican la transformación de los cuerpos y las mafias administran el miedo con una eficacia realmente asquerosa. Mientras tanto, quienes ocupan los escalones inferiores sobreviven entre enfermedades, hambre, drogas y violencia. Todo está diseñado para perpetuar un sistema en el que la dignidad humana parece un lujo reservado a quienes nunca han tenido que preocuparse por ella.
Lo más inquietante es que Guillem no necesita explicarnos todos los secretos de este universo. No necesitamos saber qué ocurrió para que la humanidad terminara viviendo bajo tierra, ni qué sentido tiene continuar excavando. Y de este modo el Pozo funciona como una realidad cerrada, asfixiante, cuyos habitantes han interiorizado unas reglas que ni cuestionan. ¿Para qué preguntarse por el mundo exterior cuando bastante complicado resulta llegar vivo al día siguiente? La verdad es que en parte convivimos económicamente así muchos en esta vida.
En semejante escenario, Veintiuno es un guía perfecto. Perfecto, eso sí, si buscamos compañía en alguien a quien probablemente no confiaríamos ni las llaves de un trastero. Egoísta, manipulador, rencoroso y extraordinariamente hábil para justificar sus propias miserias, el protagonista representa una de las grandes virtudes de la novela: su capacidad para mantenernos pendientes de alguien a quien, en circunstancias normales, mandaríamos a paseo antes de terminar la primera conversación.
La narración en primera persona resulta fundamental. Veintiuno cuenta su historia a su manera, dosificando la información, retorciendo los acontecimientos y obligándonos a desconfiar de lo que nos dice. No estamos ante un narrador que nos lleve de la mano por un camino perfectamente señalizado, sino ante alguien que puede estar mintiéndonos mientras nos convence de que somos nosotros quienes no entendemos nada. Esa incertidumbre añade una dimensión especialmente atractiva al relato y convierte su ascenso social en algo más que una sucesión de peripecias violentas.
Porque, en el fondo, la novela habla de ambición. De esa tentación de creer que las cosas mejorarán si conseguimos colocarnos un poco más arriba, aunque para lograrlo tengamos que sacrificar principios, amistades y cualquier vestigio de empatía. Veintiuno quiere escapar de su condición, o al menos dejar de ocupar el lugar que le han asignado. Sin embargo, el sistema que pretende aprovechar también amenaza con transformarlo en aquello que desprecia. López plantea así una reflexión incómoda sobre el poder, las desigualdades y la facilidad con la que la supervivencia termina convirtiéndose en una excusa para justificar cualquier atrocidad.
Y todo ello está contado con una prosa directa, afilada y cargada de mala leche. La novela no escatima en violencia, fluidos corporales, lenguaje malsonante ni situaciones capaces de revolverle el estómago al lector más curtido. Conviene advertirlo: aquí la sordidez no es un adorno ocasional, sino parte esencial de la experiencia. Ahora bien, sería injusto confundir semejante crudeza con una escritura descuidada. López consigue combinar la brutalidad de las imágenes con metáforas sorprendentes, reflexiones incisivas y un humor negro que aparece cuando menos lo esperamos. A veces uno no sabe si reírse, estremecerse o preguntarse qué demonios acaba de leer. Lo habitual es terminar haciendo las tres cosas.
Su brevedad también juega a favor del conjunto. La historia avanza con una intensidad que dificulta abandonar la lectura, aunque su aparente sencillez esconde suficientes ideas como para invitar a detenerse y rumiar algunas escenas. No estamos ante una novela que se limite a encadenar atrocidades para escandalizar, sino ante una obra que utiliza lo grotesco para examinar una sociedad enferma y a los individuos que aprenden a prosperar dentro de ella.
LA POLILLA EN LA CASA DEL HUMO es una lectura en la que ofrece una visión del ser humano profundamente pesimista y su protagonista dista mucho de ser un héroe al que apetezca acompañar, pero ahí está precisamente buena parte de su interés. Guillem López construye una distopía opresiva, desagradable y fascinante, capaz de convertir la caída moral de un miserable en un retrato bastante reconocible de nuestras propias ambiciones.
Así que si buscas una historia reconfortante, con personajes ejemplares y una generosa dosis de esperanza, quizás te convenga elegir otra puerta. Pero si te atraen las ficciones incómodas, el humor más negro y las novelas que utilizan mundos imposibles para señalar verdades demasiado reales, merece la pena bajar al Pozo. Eso sí, no esperes salir limpio. Ni física ni mentalmente.
Muchas gracias al sello Ediciones El Transbordador por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta novela.
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