Reseña de LA LEY DEL TRUENO de Sergio Mars y publicada por Insólita Editorial (2026) | Ep. 13×033 | «La historia de un mundo en decadencia donde dioses crueles, personajes ambiciosos y viejas heridas arrastran a todos los demás hacia la guerra.»

Tiempo de lectura: 5 minutos

 | Dioses manipulando personajes y ejércitos de muertos marchando sobre otros de vivos… | 

Reseña de LA LEY DEL TRUENO de Sergio Mars y publicada por Insólita Editorial (2026) | Ep. 13×033 | «La historia de un mundo en decadencia donde dioses crueles, personajes ambiciosos y viejas heridas arrastran a todos los demás hacia la guerra.»

Si estás buscando una novela de fantasía que te arrastre del cuello y te lance de cabeza a un mundo en decadencia donde los dioses manipulan a los humanos a su antojo y por ello sobrevivir ya cuenta como una forma de heroísmo, estás ante tu próxima lectura. Te prometemos que será así, por Wultan. Se trata de LA LEY DEL TRUENO de Sergio Mars y publicada por Insólita Editorial, que reactiva su producción editorial y nos trae una intensa fantasía bélica. Desde su prólogo, cargado de tormenta, sangre y presagios, queda claro que aquí no tenemos ante nosotros un paseo entre castillos bonitos, sino que venimos a presenciar el lento derrumbe de imperios, ejércitos y todas las certezas posibles.

Es la segunda obra que disfruto de Sergio Mars, tras la antología de relatos LA DISONANCIA DE LAS ESFERAS (Editorial Tinturas, 2020) y cuya reseña puedes leer aquí.

La novela arranca con un nacimiento. En medio de una noche brutal, con rayos partiendo el cielo y un dios aparentemente observándolo todo con demasiada atención, nace un niño destinado a cambiar el tablero entero. Su llegada viene acompañada casi de una sentencia. La madre muere y el padre entiende que los dioses siempre acaban cobrando su deuda.

La historia sigue en uno de sus arcos a Riegar, probablemente el personaje más magnético de la novela, un general brillante, estratega formidable y hombre profundamente roto, que vive atrapado entre la humillación de su pasado y la obsesión por devolverle la dignidad a su pueblo. Fue expulsado de su propia sangre y obligado a servir al enemigo, así que su ascenso dentro del imperio rival no nace de la lealtad, sino del cálculo paciente y de una rabia perfectamente administrada.

Frente a él aparece Drawoh, un príncipe que parece un inútil pero que esconde una inteligencia afiladísima bajo una montaña de excesos y apariencias. Su construcción es especialmente interesante porque juega constantemente con la máscara de parecer ridículo, pero sin serlo, de parecer decadente, pero planeando el futuro. En esta novela, fingir ser débil puede ser la estrategia más inteligente.

Y luego están los dioses. Siobana, Wultan, Anther’a… ninguno funciona como esa figura sabia y luminosa que protege a los mortales desde las alturas. Aquí las divinidades son fuerzas voraces, antiguas, manipuladoras y profundamente interesadas en sus propios objetivos. La fe no aparece como consuelo, sino como una cadena. La novela juega con una idea fascinante, en la que quizá los hombres no sirven a los dioses, sino que los dioses dependen de los hombres para existir. Y cuando esa relación se rompe, todo arde.

La obra se estructura muy ordenadamente, además de su prólogo y epílogo, contiene diez capítulos que a su vez poseen tres perspectivas separadas como esferas de cada dios, en la que se aborda cada uno de los espacios de su influencia o de ellos mismos. Eso sí, a excepción del último, donde confluye todo.

Uno de los aspectos más destacables de esta historia es la sensación de nivel de escala. No hablamos solo de guerras, sino que estamos ante civilizaciones desmoronándose como si alguien hubiera quitado la primera piedra equivocada. Asistimos a asedios brutales, ciudades que se convierten en mausoleos, ejércitos enteros marchando hacia una batalla que ya huele a tragedia antes de empezar. No leemos solo territorios conquistados, sino que asistimos incluso al fin de una era.

Otra sensación real que nos deposita la novela es algo que muchas fantasías épicas olvidan, aunque es cierto que cada vez menos, y es el peso real de las consecuencias. La victoria nunca sabe del todo a victoria. Cada triunfo deja cadáveres, culpa y la sospecha incómoda de que quizá todo podría haber salido peor… o igual de mal, pero con otro uniforme.

También destaca muchísimo el tratamiento de personajes que parecen inicialmente secundarios como Erquil, Cokrum u Odryncer, que podrían haber sido simples piezas funcionales y terminan teniendo una profundidad brutal. Especialmente Cokrum, cuya relación con su hermano aporta una de la sensaciones más emotivas de toda la historia. 

El tono general es denso, sombrío y muy consciente de sí mismo. No es una lectura ligera. Hay política, religión, filosofía, guerra, traición, simbolismo y gente tomando decisiones irreversibles con una convicción admirable.

Y en el final, sin entrar en spoilers, el autor toma una decisión especialmente valiente, la de no convertir la conclusión en una simple celebración del vencedor. Lo verdaderamente importante no es quién gana, sino quién decide dejar de arrodillarse. Y cuando llegues a él, comprobarás como le otorga a la historia una fuerza descomunal.

En conjunto, estamos ante una fantasía épica con alma de tragedia histórica, donde la guerra importa menos que el precio de mantenerse con vida. Tiene ecos de mitología, de crónica imperial y de esas historias donde el verdadero peligro puede portar una corona o desearla en la sombra. Es de las pocas novelas de fantasía bélica que me ha dejado una sensación real de haber sobrevivido a una guerra. Y esto es algo que siempre merece la pena.

Muchas gracias al sello Insólita Editorial por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta antología de novelas cortas.

NOTA FINAL: 4/5

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Citas:

«Aunque aún no estaban siendo convocados, los olvidados recordaron  por unos fugaces instantes como era estar vivos… y lo anhelaron.» Pág.93

«La irrupción de otra deidad en su propia casa suponía una afrenta imperdonable. La fe rebrotó en su interior, barriendo el miedo y sustituyéndolo por un ardor muy parecido a la demencia.»

«Ya no era el simple miedo a la muerte lo que atenazaba su espíritu, sino un temor más profundo, la completa negación de todo su universo.» Pág.106

«Recordó que tenía un nombre, y que este era Anther’a.» Pág.135

«La luminosidad del día había dado paso a una penumbra gris, crepuscular, como si la noche se hubiera impacientado y hubiera decidido cubrir con su manto el mundo antes de la hora señalada.»

 

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