| Tras leer este libro, vas a empezar a dudar de tus propios recuerdos… |


Reseña de EN LAS SOMBRAS DEL TIEMPO de H. P. Lovecraft y publicada por Sportula Ediciones (2025) | Ep. 13×023
Lovecraft, como para muchos de los que estáis al otro lado, es uno de mis escritores favoritos. No solo es un su cosmogonía la que me tiene plenamente cautivado, sino que la lectura de cualquiera de sus texto implica no el gozo del desarrollo de una historia, sino que hace que se te inserte dentro del cuerpo una sensación tan profunda como… Hay libros que no solo cuentan una historia, sino que te meten dentro de una sensación. EN LAS SOMBRAS DEL TIEMPO es uno de esos casos raros en los que terminas la última página con la impresión de haber soñado algo inquietante… pero sin tener claro si era un sueño o un recuerdo. Y es precisamente que esto sea uno de sus mayores aciertos.
La obra que reseñamos en esta entrada corresponde a la edición de bolsillo que ha publicado hace unos pocos meses el sello Sportula Ediciones, y que incluye las ilustraciones originales de Howard V. Brown.
La historia nos la cuenta Nathaniel Wingate Peaslee, profesor universitario, tipo normal tirando a aburrido… hasta que deja de serlo. Un día se desploma en mitad de una clase y, cuando “vuelve”, han pasado años. Años en los que su cuerpo ha seguido funcionando, viajando, investigando, haciendo cosas rarísimas… pero sin él. O al menos, sin el “él” que conocemos. A partir de ahí, lo que tenemos es una especie de reconstrucción obsesiva: ¿qué ocurrió realmente? ¿Fue una enfermedad mental? ¿Un episodio de amnesia extrema? ¿O algo mucho más incómodo de aceptar?
Aquí, H. P. Lovecraft juega a lo suyo, pero con una vuelta de tuerca bastante fascinante porque el viaje en el tiempo no es físico, ni limpio, ni épico. Es incómodo. Es invasivo. Es, directamente, perturbador. La idea de que una mente pueda ser desplazada, o peor aún, sustituida, por otra entidad que viene de un pasado remoto (o de algo aún más extraño) produce ese tipo de escalofrío que no se va fácilmente. Por ello lo mejor del relato no es tanto lo que ocurre, sino lo que implica.
Lovecraft construye esta duda como si fuera una grieta que se va ensanchando poco a poco. Y lo hace con un recurso que le funciona especialmente bien, esa mezcla constante entre sueño y realidad. Hay momentos en los que uno no sabría decir si el protagonista está recordando, imaginando o simplemente perdiendo la cabeza. Y lo mejor es que esa confusión se contagia. Y como lector, acabas dudando también.
Uno de los elementos más sugerentes es la llamada “Gran Raza”, una civilización que ha dominado algo parecido al desplazamiento mental a través del tiempo. No son villanos al uso. Ni siquiera son agresivos en el sentido clásico. Pero la idea de que puedan ocupar tu mente porque les resultas útil… bueno, digamos que no es precisamente reconfortante. Hay algo profundamente inquietante en esa lógica fría, casi científica, con la que operan. No destruyen pero si te utilizan. Y eso puede dar más miedo del que parece.
Además, Lovecraft aprovecha esta premisa para desplegar uno de sus temas favoritos, que es la insignificancia de lo que somos. No ya como individuos, sino como especie. Peaslee no es un héroe sino que es, en el mejor de los casos, un vehículo. Y esa sensación de pequeñez se va filtrando en cada página, especialmente cuando la historia se abre hacia tiempos y civilizaciones que hacen que la humanidad parezca poco más que una nota al pie.
Es cierto que hay momentos en los que el texto se recrea demasiado en ciertas descripciones o ideas que ya han quedado claras. No es algo que arruine la experiencia, pero sí que puede ralentizar el ritmo. Es como si el propio Lovecraft, fascinado por lo que está contando, decidiera dar una vuelta extra sobre el mismo concepto… y luego otra más, por si acaso. A algunos lectores les parecerá parte del encanto pero quizás a otros, un pequeño lastre.
En cualquier caso, cuando funciona, que es la mayor parte del tiempo, lo hace de maravilla. Especialmente en la segunda mitad, donde la historia se vuelve más tangible y, paradójicamente, más inquietante. Hay escenas que destacan por su capacidad de crear una atmósfera opresiva sin necesidad de grandes sustos. Por ejemplo, la descripción de ciertas construcciones ciclópeas o de una biblioteca imposible es de esas que se te quedan grabadas sin hacer ruido.
También resulta interesante cómo el relato coquetea con ideas que hoy asociaríamos más a la ciencia ficción que al terror puro. Hay conceptos que recuerdan vagamente a LA MÁQUINA DEL TIEMPO de H. G. Wells, aunque aquí todo está pasado por el filtro oscuro y obsesivo de Lovecraft. El resultado es una mezcla bastante única que no es exactamente miedo, no es exactamente asombro pero sí una especie de fascinación incómoda.
Otro detalle curioso es que esta obra parece condensar muchas de las obsesiones del autor. Como si, consciente o no, estuviera cerrando un ciclo. De hecho, hay quien la ve como una especie de síntesis de su universo, una pieza que conecta con otros relatos y amplía ese trasfondo cósmico que tanto le gustaba explorar. No hace falta conocer nada previo para disfrutarla, pero si vienes con bagaje, hay momentos de “ah, claro” bastante satisfactorios.
Al final, lo que queda es una experiencia muy particular. No es un libro de acción trepidante ni de terror directo. Es más bien una inquietud que va creciendo, una idea que se te instala en la cabeza y no se quiere ir. Y aunque pueda tener algún descenso en el ritmo, compensa con creces gracias a su ambición y a su capacidad para incomodar de forma inteligente.
Es una lectura perfecta, que justifican por qué seguimos hablando de Lovecraft décadas después. Y si al cerrar el libro te descubres mirando de reojo tus propios recuerdos, preguntándote si todos son realmente tuyos… bueno, entonces ha hecho exactamente lo que pretendía.
Muchas gracias al sello Sportula Ediciones por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta novela.
NOTA FINAL: 5/5

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