| Si salvar el mundo falló mil veces, ¿por qué no intentar destruirlo… con buenas intenciones? |


Reseña de TODO EL MUNDO QUIERE SER EL SEÑOR OSCURO MENOS YO de Django Wexler y publicada por Oz Editorial (2026) | Ep. 13×019
Si has llegado hasta aquí es que es muy probable que ya conozcas a Davi. Y si no… bueno, te estás perdiendo a una de las protagonistas más caóticamente encantadoras de la fantasía actual. En TODO EL MUNDO QUIERE SER EL SEÑOR OSCURO MENOS YO, Django Wexler recoge el testigo del primer libro y decide hacer algo bastante más arriesgado subiendo la apuesta, añadiendo más locura… y, sorprendentemente, haciéndolo con más corazón.
Partamos de la premisa que, sinceramente, ya es oro puro, porque Davi, tras cientos (o miles) de intentos fallidos por salvar el mundo y atrapada en un bucle temporal, decide que quizá el problema no era el villano… sino su enfoque. Así que hace lo lógico que es convertirse ella misma en Señor Oscuro. Lo que nadie te cuenta es que, una vez consigues el puesto, viene con responsabilidades. Como liderar hordas que quieren arrasar a la humanidad. Nada más que detalles sin importancia.
La gracia del libro está precisamente ahí, en esa contradicción constante porque Davi es ahora aquello contra lo que luchó durante siglos, pero sigue siendo, en el fondo, la misma persona que intentaba salvar a todo el mundo (aunque con métodos cada vez más cuestionables). Y claro, eso genera un conflicto interno delicioso, porque destruir el mundo no le termina de encajar… pero sus tropas no están exactamente interesadas en diplomacia.
Lo que hace que esta secuela funcione tan bien es que no se limita a repetir la fórmula. Sí, sigue habiendo humor irreverente (como el blurb que aparece en la contraportada y que la editorial nos ha otorgado el honor de citarnos), chistes absurdos, referencias culturales que parecen sacadas directamente de una conversación entre amigos y una protagonista con la boca más rápida que su sentido común. Pero también hay evolución. Y bastante.
Davi ya no tiene ese “botón de reinicio” tan fiable. La muerte, que antes era casi un trámite, ahora pesa. Las decisiones importan. Y eso cambia el tono sin que el libro pierda su identidad gamberra. Es como si alguien hubiera decidido meterle conciencia emocional a una comedia deslenguada… y funciona mucho mejor de lo que debería esperarse.
El humor, por cierto, sigue siendo muy particular. Aquí hay rupturas constantes de la cuarta pared, comentarios meta, situaciones que rozan lo absurdo y diálogos que parecen escritos con una sonrisa permanente. No es un tipo de comedia que vaya a gustar a todo el mundo (es obvio que si no acabas entrando en el juego, probablemente te saque de quicio) pero si conectas con él, es adictivo. De esos libros que te hacen soltar una carcajada en público y quedar como una persona un poco… especial.
Y luego están los personajes. Viejos conocidos regresan con más peso, y nuevos fichajes entran pisando fuerte. Mención especial para Johann, el príncipe “himbo” por excelencia: atractivo, bienintencionado y con una capacidad estratégica… discutible. Es imposible no cogerle cariño. Lo interesante es que, bajo esa fachada de cliché andante, hay más matices de los que parece.
También destaca cómo la historia amplía el mundo, especialmente el lado humano, que en la primera entrega quedaba un poco en segundo plano. Aquí hay más intrigas políticas, más tensiones internas y más sensación de que todo puede irse al desastre en cualquier momento (spoiler: suele pasar).
Eso sí, no todo es perfecto. El ritmo es, en muchos momentos, una auténtica avalancha. Pasan tantas cosas, tan rápido, que a veces uno agradecería un pequeño respiro para asimilarlo todo. Entre batallas, traiciones, conspiraciones y criaturas fantásticas, el libro rara vez levanta el pie del acelerador. Es emocionante, sí, pero también puede resultar un poco abrumador.
Además, aunque el humor sigue siendo un pilar fundamental, hay quien puede notar que esta segunda parte es ligeramente menos desenfadada que la primera. No porque falten chistes, ni mucho menos, sino porque la historia se toma más en serio a sí misma en ciertos momentos. Davi crece, duda, se cuestiona… y eso inevitablemente cambia el tono.
Pero quizá lo más destacable es cómo se cierra la historia. Porque sí, esto es un final. Y no era fácil. Después de una premisa tan loca y un desarrollo tan impredecible, aterrizar la trama sin que todo se desmorone era un reto considerable. Sin embargo, Wexler consigue un desenlace que, sin renunciar al espectáculo, resulta sorprendentemente satisfactorio. Ata cabos, responde preguntas importantes (incluyendo el origen del famoso bucle temporal) y deja la sensación de que el viaje ha valido la pena.
En el fondo, más allá de dragones, orcos, magia y chistes subidos de tono, esta es una historia sobre romper ciclos. Sobre aprender a confiar en otros cuando lo único que has hecho durante siglos es fallar en solitario. Sobre aceptar que no puedes controlarlo todo… y que quizá no hace falta.
¿Es mejor que la primera parte? Depende de a quién preguntes. Probablemente no tenga el mismo factor sorpresa, pero a cambio ofrece algo más sólido, más emocional y más completo. Lo que está claro es que es un cierre a la altura de una bilogía que ha sabido ser diferente, divertida y, en el mejor sentido posible, un poco caótica. En resumen, si te gusta la fantasía con mala leche, personajes imperfectos y un sentido del humor que no pide permiso, este libro es un sí rotundo. Y si no… bueno, puede que no sea tu taza de té. Pero oye, al menos Davi lo intentó. A su manera tan particular, que ya es decir mucho.
Muchas gracias al sello Oz Editorial por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta novela corta.
NOTA FINAL: 4/5

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