| Oscuridad, adicción en una historia donde nadie es quien parece y el pasado nunca está enterrado… |


Reseña de ASESINATOS EN SON de Johana Gustawsson y Thomas Enger y publicada por RBA Libros (2026) | Ep. 13×015
¿Conocéis esa sensación de leer un libro que te reconcilie con un subgénero entero? Pues es lo que me ha pasado con ASESINATOS EN SON. Desde los aclamados thrillers nórdicos por todos conocidos, evitaba las novelas ambientadas en paisajes bajo el hielo ya que no sabía si soportaría esa frialdad constante, esa sensación de aislamiento. Pero esta historia no solo me hizo perder el miedo al noir nórdico sino me dejó con ganas de más.
Desde las primeras páginas, la ambientación se percibe perfectamente viva. La acción se mueve entre la ciudad de Oslo y el pequeño pueblo costero de Son, y la atmósfera es tan densa que casi se puede oír el crujido de la nieve bajo las botas. El frío no es solo meteorología sino que el autor consigue transmitirlo como estado de ánimo, es memoria congelada, es duelo enquistado. El pueblo, aparentemente apacible, se convierte en un escenario inquietante donde cada casa guarda secretos y cada mirada parece esconder algo.
En el centro de todo está Kari Voss, una protagonista que se instala en la cabeza del lector con una facilidad pasmosa. Psicóloga experta en lenguaje corporal y memoria, es conocida como una especie de “detector humano de mentiras”. Mientras la policía se apoya en pruebas físicas, ADN y procedimientos, Kari observa gestos mínimos como una mano que tiembla, una respiración que se acelera o una microexpresión traicionera. Ese contraste entre la evidencia tangible y la intuición entrenada le da a la novela un ángulo distinto dentro del clásico procedimiento policial.
Pero lo que realmente la hace inolvidable no es su talento, sino sus heridas. Años atrás, su hijo desapareció el día de su cumpleaños y jamás volvió a casa. Como si eso no bastara, también ha tenido que sobrevivir a la muerte de su marido. Kari no es una heroína imbatible sino que está rota en muchos sentidos. Y, sin embargo, sigue adelante. Hay algo profundamente humano en su forma de enfrentarse al dolor, y lo hace trabajando, dudando, equivocándose, y obsesionándose. Esa mezcla de fortaleza y fragilidad la convierte en un personaje tridimensional, de los que uno quiere vivir en cada libro que lee.
El caso en el que se articula la trama es brutal. Se trata de dos adolescentes que aparecen asesinadas en una cabaña de verano. La violencia del crimen sacude a la comunidad y, casi de inmediato, la policía detiene a un joven que estaba con ellas esa noche. Las pruebas parecen sólidas. El chico acaba confesando. Caso cerrado. O eso creen muchos. Pero nuestra protagonista no.
Su escepticismo abre una grieta en la versión oficial y, con ella, en la aparente cohesión del pueblo. A medida que profundiza, emergen secretos incómodos, resentimientos antiguos y relaciones mucho más turbias de lo que parecían. Nadie es completamente inocente en esta historia, y casi todos tienen algo que ocultar. Los personajes secundarios como padres, amigos, compañeros de instituto y colegas de la policía están construidos con un cuidado notable. No son simples piezas al servicio del misterio y se nota que poseen sus capas, contradicciones y zonas oscuras.
Uno de los aspectos más fascinantes es cómo se explora la fragilidad de la memoria. La novela sugiere que recordar no es reproducir un archivo intacto, sino reconstruir una escena con materiales imperfectos. Bajo presión, el recuerdo puede deformarse. Bajo manipulación, incluso una confesión puede no ser lo que parece. Ese componente psicológico no solo añade tensión, sino que invita a cuestionar la manera en que entendemos la verdad en el ámbito judicial y mediático.
La narración alterna puntos de vista, lo que amplía el campo y aumenta la inquietud. Sabemos más que algunos personajes, pero menos de lo que creemos. Cada giro reconfigura lo leído, obliga a replantear sospechas y desmonta teorías que parecían firmes. Hay pistas sembradas con habilidad y también más de una trampa deliberada. Yo mismo durante la lectura he ido sospechando de casi todos en algún momento. Y cuando pensé que tenía claro el desenlace, la historia volvió a tomar un giro inesperado.
Resulta especialmente interesante que la novela esté escrita a cuatro manos por Johana Gustawsson y Thomas Enger. Ambos tienen trayectorias consolidadas en el noir. Ella desde una sensibilidad más vinculada al crimen psicológico europeo y él desde la tradición nórdica y, sin embargo, aquí la fusión es impecable. No hay costuras visibles. El estilo fluye con naturalidad, el ritmo es firme y la tensión se mantiene sin altibajos innecesarios. Es uno de esos raros casos en los que la colaboración no diluye las voces.
El tramo final es, sencillamente, demoledor. Cuando parece que todo encaja y uno se prepara para una resolución más o menos ordenada, llega un giro que descoloca. Deja preguntas abiertas, emociones a flor de piel y una necesidad casi física de continuar con la siguiente entrega. Estamos ante una conclusión que reconfigura lo anterior y amplía el alcance de la historia personal de Kari.
En definitiva, estamos ante el inicio de una serie que combina lo mejor del thriller psicológico con la atmósfera opresiva del noir escandinavo. Oscura, adictiva, inteligente y emocionalmente intensa, esta novela presenta a una protagonista potente e instala un universo narrativo con muchas posibilidades. Si el frío era una barrera, aquí se convierte en el escenario perfecto para explorar el duelo, la culpa y las mentiras que nos contamos, y que contamos a los demás, para sobrevivir.
Muchas gracias al sello RBA Libros por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta novela.
NOTA FINAL: 4/5

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