| La redención y el infierno pueden estar más acerca de lo que crees, quizás en las páginas de este libro… |


Reseña de ENTRE DOS FUEGOS de Christopher Buehlman y publicada por Oz Editorial (2025) | Ep. 13×011
Cuando finalizas un libros con buenas sensaciones siempre hay varios niveles. Podemos hablar de libros entretenidos, otros que te gustan simplemente, otros que admiras… y luego están los que te sacuden de tal manera que sientes que algo en ti ha cambiado. Eso es lo que me ha ocurrido con el título ENTRE DOS FUEGOS de Christopher Buehlman. No exagero si digo que se ha ganado un lugar permanente entre mis lecturas favoritas de todos los tiempos. De hecho podría decir que es el libro que siempre quise escribir. Porque el medievo y la ancestral lucha del bien contra el mal han sido mis inspiraciones fundamentales.
La novela nos sitúa en la Francia de 1348, en pleno azote de la Peste Negra y en el contexto devastador de la Guerra de los Cien Años. Pero no vayas a esperar que esto sirva como un simple fresco histórico. Porque aquí la miseria humana, el hambre, la enfermedad y la superstición no son solo un decorado sino que son el barro pegado a la piel de cada personaje. Desde sus primeras páginas, el mundo se siente podrido, agotado, al borde del colapso moral y espiritual. Y en medio de ese paisaje desolado aparece Thomas, un caballero caído en desgracia que ha terminado mezclado con hombres despreciables, sobreviviendo como puede.
La historia arranca con brutalidad. No es una novela indulgente dado que nos encontramos de primeras con violencia, abuso, y escenas que incomodan profundamente. Conviene advertir esto porque el autor no suaviza la Edad Media, ni tampoco la dimensión religiosa del relato. Aquí la fe católica no sale indemne de la crítica o de su cuestionamiento. Pero, sin embargo, y pese a ese tono irreverente, la novela está impregnada de una espiritualidad poderosa. No es una historia devocional pero sí que toma en serio el bien, el mal y todo lo que se extiende entre ambos.
El punto de no retorno llega cuando Thomas conoce a una niña huérfana que le pide ayuda para enterrar a su padre. Lo que podría haber sido una escena breve se convierte en el germen de una relación que sostiene toda la novela. La dinámica entre el caballero desencantado y la niña, que observamos como misteriosa, frágil y a la vez inquietantemente lúcida, es uno de los grandes logros de la narrativa. Sus diálogos tienen humor, ternura y una humanidad que contrasta con la oscuridad del entorno. Yo, que al principio miraba a Thomas con recelo, terminé profundamente implicado en su destino. Es un personaje roto, lleno de culpa y vergüenza, pero también capaz de gestos de una nobleza inesperada.
Más adelante se suma a la travesía un sacerdote poco convencional, otro personaje que podría haber caído en el cliché y que, sin embargo, aporta capas de ironía, vulnerabilidad y fe tambaleante. El trío que conforman funciona con una química extraordinaria. Sus conversaciones alivian momentáneamente la opresión del mundo exterior, pero también la intensifican, porque uno sabe que está empezando a temer por ellos. Y no sin razón.
Porque si algo distingue a esta novela es su imaginación desatada en el terreno del horror. No hablo solo de la peste, los cadáveres o la violencia humana, que ya son suficientemente perturbadores, sino de las manifestaciones sobrenaturales que irrumpen sin previo aviso. Ángeles y demonios aparecen aquí lejos de cualquier versión edulcorada contemporánea. Son entidades vastas, extrañas, inquietantes, más cercanas a las visiones medievales que a la fantasía juvenil moderna. Cuando hacen acto de presencia, la sensación es de auténtico desgarro. Y ese terror nace de lo teológico, de lo simbólico, de la idea de que el apocalipsis podría estar desarrollándose en segundo plano mientras los humanos apenas comprenden las reglas del juego y su papel en este mundo.
Y pese a todo lo que más me sorprendió no fue la violencia ni la imaginería demoníaca, sino la carga emocional. Entre tanta devastación, Buehlman encuentra espacio para la compasión, para la lealtad, para pequeños destellos de belleza. La niña, más allá de su dimensión enigmática, sigue siendo una criatura que necesita afecto. Thomas, más allá de su pasado turbio, ansía redención. Esa tensión entre brutalidad y ternura convierte la lectura en una experiencia tan intensa que resulta casi agotadora emocionalmente. Al terminar, sentí una mezcla de devastación y gratitud difícil de explicar.
En términos de estilo, Buehlman demuestra una seguridad admirable, otorgando al lector una prosa vívida que maneja el diálogo con una eficacia fluida, transmitiendo mucho con pocas palabras o con frases breves entre los personajes. Se permite, además, ciertos desplazamientos de punto de vista que rompen las reglas modernas más rígidas, pero lo hace con tal destreza que uno nunca se pierde. El ritmo alterna escenas de acción cruda con momentos de contemplación y reflexión, creando una cadencia que mantiene la tensión hasta el final.
El desenlace, por su parte, logra algo que pocas novelas de este calibre consiguen, y es la de cerrar la historia con coherencia emocional. Es amargo, hermoso y, de alguna forma, esperanzador.
Quizá no sea una lectura para ti si rehuyes la violencia explícita o los cuestionamientos religiosos. Pero si buscas una historia que combine horror histórico, fantasía oscura y una exploración profunda de la fe, la culpa y la redención, difícilmente encontrarás algo más potente. Para mí, que he tenido la suerte de leer algunos libros dentro de estos subgéneros y etiquetas, puedo afirmarlo con total seguridad.
Muchas gracias al sello Oz Editorial por facilitarme un ejemplar de prensa para que os comente mis impresiones, absolutamente sinceras, sobre esta novela.
NOTA FINAL: 5/5

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